Pasión balcánica

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A veces una simple avería doméstica nos recuerda lo frágiles que somos. No hace tanto tiempo nuestros antepasados caminaban por suelos de tierra, tenían cocinas de carbón y transportaban el agua en cubos. Ahora nos sentimos decepcionados si no tenemos el último smartphone o el estúpido palito para disparar selfies. Pero cuando te quitan el agua caliente en diciembre descubres que lo has perdido todo.

Justo lo que me ocurrió el otro día, cuando la caldera se estropeó en plena ducha. Con la cabeza envuelta en espuma no tuve más remedio que empezar a calentar cacerolas. Como cuando en las películas se aproxima un parto y la comadrona pide litros de agua caliente.

Por fin, el viernes llegó el técnico. No era un señor mayor sino un chico bastante alto -casi diría que guapo- con un ligero acento extranjero. Al parecer el señor Ricardo (técnico de confianza de mi abuela) traspasó el negocio de barrio a una familia búlgara y ahora vive en Benidorm.

La escena transcurrió así:

Como en una película de época le recibo con el delantal bien planchado y cara de circunstancias. Cruzamos el pasillo y le acompaño hasta la cocina. Tras desmontar el tablero de mandos frunce el ceño, me hace abrir el grifo del baño tres veces y emite el frío diagnóstico: la caldera está en las últimas. Puedo cambiarla y gastarme todos mis ahorros o reponer una pieza, aunque no sabe cuánto durará el apaño. ¿Unas semanas, meses? Respiro resignada. Cuando eres pobre tu cerebro se acostumbra a pensar a corto plazo.

-Pues va a ser que cambiamos solo la pieza-digo con un hilillo de voz.

Entonces se produce el milagro. Con un movimiento inesperado introduce sus dedos en el interior, acciona un botón y, como por arte de magia, la cocina se llena de vapor. La caldera ya no tose ni carraspea, emite un silbido de infinito placer. Y yo, educada en la bazofia literaria de Sombras de Grey y demás sagas facilonas sucumbo al héroe romántico que rescata a doncellas. Aunque sean desordenadas y tengan un preocupante look de abuela. Aunque el héroe sea un búlgaro sin papeles y, en vez de en un ático, viva en un cuchitril con vistas a un patio.

-Por cierto- dice sacando de la cartera una tarjeta de visita-. También hago arreglillos.

Y como si se diera cuenta de lo mal que suena rectifica apurado.

-Lo digo por el lío que tienes montado… Vas a necesitar unos cuantos muebles de Ikea para convertir esto en un hogar.

Me gustaría corresponderle con un comentario inteligente pero, antes de que pueda reaccionar, el momento de flirteo se desvanece en el aire.

Mientras sonríe, cierra la puerta dejando atrás un aroma balcánico que me envuelve toda la noche.

+English

Balkan Passions

Now and then, a simple household breakdown reminds us of our own fragility. Not so long ago our ancestors walked on dirt floors, they used coal stoves and carried out water in their buckets. We now feel disappointed if we don’t have the latest smartphone or the silly little stick to shoot our selfies. But when you find yourself without hot water in December you find out you’ve lost everything.

This is just what happened to me the other day, when my boiler broke down right in the middle of my shower. With my head lathered up, I had no other choice but to start heating some water in several pans. Just like in the movies when a woman is giving birth and the midwife asks for litres of hot water.

At last, the repairman came on Friday. He wasn’t an old man but a rather tall guy –I would almost say handsome- with a slight foreign accent. It seems to be that Mister Ricardo (my grandma’s trustworthy repairman) transferred his business to a Bulgarian family and he now lives in Benidorm.

The incident took place just as follows:

As in a period film, I open the door with a perfectly ironed apron and a concerned look on my face. We went through the corridor and I walked him towards the kitchen. After dismantling the control panel he frowns, he makes me run the washbasin tap three times and makes a cold diagnosis: the boiler is facing its own demise. I can buy a new one and spend all my savings or change a single piece, but he doesn’t know how long the rig is going to last. A few weeks, maybe months? I sigh with an air of resignation. Your brain gets used to thinking on a short term basis when you are poor.

-It’s going to be only the piece then-I say with a thin voice.

That’s when the miracle takes place. With an unexpected movement he introduces his fingers in the inside, activates a button and, as if by magic, the kitchen fills up with steam. The boiler doesn’t cough or splutter any more, it sends out a whistle with endless pleasure. And me, educated in the worthless literature of Shades of Grey and other trashy sagas, I succumb to the romantic hero who rescues young maids. Although messy and with an alarming dress sense of an old granny. Even though the hero is a Bulgarian without papers and, instead of a penthouse, it’s a humble flat with courtyard views.

-By the way-he says taking out his business card from his wallet-. I can also do little repairs.

And just as like he heard himself, he worryingly rectifies.

-I’m telling you this because of the mess you have in here…You’re going to need some Ikea furniture to turn this place into a real home.

I’d like to have a clever come back but, before reacting, the flirtatious moment has passed.
He closes the door smiling, and he leaves behind a Balkan scent which envelops me the whole night.

6 Comments

  1. Mandy Books
    47 años ago

    jajajja anda con el de los arreglillos… no pierde oportunidad eh! Pero nunca se sabe… si además es guapo ^^

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  2. Alicia · Una mosca en la luna
    47 años ago

    Uy lo que dan de sí este tipo de historias domésticas. No te cuento si un año te toca ser la presidenta de la comunidad, porque eso se las trae… podrás coleccionar anécdotas con guapos búlgaros y otros especímenes 😉 Me encanta tu casa! Bienvenida al vecindario.

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  3. Rocío Cat People
    47 años ago

    Yo de estas tuve una una noche a las tres de la mañana; un termo eléctrico y la presión del agua al máximo, y el edificio entró en resonancia… es uno de los sonidos más terribles que oí nunca. Finalmente el problema era del edificio y no de mi casa y su instalación antigua como pensé. Eso sí el susto se me quedó en el cuerpo y a mí no hubo búlgaro que me lo quitara 😛

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    1. islaharper
      islaharper Author
      47 años ago

      ¡Vamos, como un terremoto 9 en la escala Richter! Estás hecha toda una superviviente. Y yo que pensaba que estas cosas solo me pasaban a mí…
      bss,

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  4. miryamartigas
    47 años ago

    Creo que deberías tener a mano el teléfono del búlgaro! jajaja nunca sabes cuando vas a necesitar algo en el Segundo Ce. Espero que no te de más problemas y que poco a poco vaya siendo un hogar. ¡Un beso!

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    1. islaharper
      islaharper Author
      47 años ago

      ¿Tú le llamarías? Tendré que consultarlo con la almohada…

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